Juré que jamás volvería a intentarlo. Y regresé a la guerra por ti, Helena, por llevarte conmigo de Troya. Y salí ardiendo de Roma por quemarme contigo. Ahora estoy más triste que París cuando se incendió Notre Dame. Y eso que siempre supe que no eras libre, aun así salté al vacío desde este precipicio como si fuese posible caer de pie. ¿Cómo no iba a merecer la pena el vértigo? ¿El vuelo? Migré a donde estabas tú y te miré. Tenías los ojos de mar, azul prusiano, los labios de sal y quise naufragar entre tus aguas. Perderme para siempre y que nadie me encontrase. Solo tú a solas. Tú y yo solas. ¿Cómo olvidar lo que me has recordado? ¿Cómo matar lo que has revivido? Nada volverá a ser lo mismo. Y mira que la intensidad siempre fue lo mío. Que sé más de electricidad y escalofríos que cualquiera, de pasar noches en vela y de besar hasta llegar debajo de la piel. Y sin embargo, me pillaste por sorpresa, con tu música y tu sonrisa, y esa forma de ponerte seria, de reír y llorar a la vez. Quise llegarte donde nadie te ha llegado, anclarme en lo profundo, tan hondo que nunca pudieras sacarme a flote porque sumergirme en ti, en la inmensidad de tu Pacífico, me llena de calma.
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