Se adueñó de todo, me dejó sin nada. Me robó los sueños, el brillo en los ojos, la inocencia borracha de amor doble en hielo seco. Mi mejor yo. Se mudo más lejos. Mendigué sus besos, me vendí barata; puse a su nombre mi diamante, mis relatos. Dejó mi espacio oliendo a canela, martirizándome con recuerdos borrosos, por el humo, y quizá, por la venda a medias. Por el tiempo a medias. La mente hecha un lío como un ovillo de lana.
Hay quien compra cariño con cincuenta pesos, yo lo intenté con mil besos y unos cuantos versos...
Y me veo tirando de proezas, de pobrezas de espíritu. De papeles de escribir, y de los otros. Que pongo con pinzas a secar por culpa de las lágrimas, por empezar y no terminar de contar sus pecas.