Siempre estaba vaticinando un final inminente, un desastre natural, una última vez. Ese apego al drama y al caos que compartíamos nos atraía como dos polos iguales que no se repelen, pegan chispazos cuando están cerca. Yo conocía lo voluble de sus ultimátums, ella las mentiras que me autocreía cuando tiraba de farol. Ambas tan inmersas y tan inversas que nos besábamos y el tiempo se diluía, y todo era agua, dentro y fuera de la cama. Me evoca los relojes blandos de Dalí, y los besos blandos de Klimt. Los recuerdos son flashes congelados en sepia.
Cuando la batalla estaba perdida, y se hacía de noche, y veía las ruinas de este anfiteatro, y no tenía más ganas de salir a escena, de fingir, ni de luchar, de escribir, ni de pensar. Esas pequeñas veces que me creía sola en el universo, un bicho raro sin adeptos, sin amantes, sin nadie a quien impresionar. Esos días que no quería ver a nadie o que nadie me viese, aparecía con la sonrisa victoriosa de haber salvado el mundo y con la certeza de poder salvarme a mí.