Los domingos dejaron de ser tristes en cuanto hicimos los lunes nuestros. Nos adueñamos del cielo, pero sobre todo, del mar. Tan tuyo y tan mío. Tan de nosotras. Que éramos dos olas que aparecían rompiéndose en la orilla cuando nos echábamos de menos, pero también, cuando queríamos volver a encontrarnos a solas.
martes, 17 de noviembre de 2020
jueves, 12 de noviembre de 2020
Juré que jamás volvería a intentarlo. Y regresé a la guerra por ti, Helena, por llevarte conmigo de Troya. Y salí ardiendo de Roma por quemarme contigo. Ahora estoy más triste que París cuando se incendió Notre Dame. Y eso que siempre supe que no eras libre, aun así salté al vacío desde este precipicio como si fuese posible caer de pie. ¿Cómo no iba a merecer la pena el vértigo? ¿El vuelo? Migré a donde estabas tú y te miré. Tenías los ojos de mar, azul prusiano, los labios de sal y quise naufragar entre tus aguas. Perderme para siempre y que nadie me encontrase. Solo tú a solas. Tú y yo solas. ¿Cómo olvidar lo que me has recordado? ¿Cómo matar lo que has revivido? Nada volverá a ser lo mismo. Y mira que la intensidad siempre fue lo mío. Que sé más de electricidad y escalofríos que cualquiera, de pasar noches en vela y de besar hasta llegar debajo de la piel. Y sin embargo, me pillaste por sorpresa, con tu música y tu sonrisa, y esa forma de ponerte seria, de reír y llorar a la vez. Quise llegarte donde nadie te ha llegado, anclarme en lo profundo, tan hondo que nunca pudieras sacarme a flote porque sumergirme en ti, en la inmensidad de tu Pacífico, me llena de calma.
jueves, 5 de noviembre de 2020
Me dan miedo las alturas, me dan pánico. También las metafóricas. Y sin embargo, quiero saltar al vacío contigo. Aunque no sepa qué me encontraré en el suelo, mereces el salto y la pena. Lo supe cuando cruzamos nuestra mirada entre tantas miradas que no dicen nada. Sin que nadie lo supiera, nosotras sí. Me diste la mano y me cogiste el corazón. Me abrazas y es como si me acomodaras por dentro, todas esas partes rotas. Yo que siempre he estado en guerra, he descubierto que cabe toda la paz mundial en el espacio de tu cuello. Eres un mar en calma y aún así, me llenas de olas. Y yo quisiera llenarte de primeras veces. Pero me atas de manos y me quedo impasible ante lo imposible. ¿Qué hacemos con la magia? ¿El viejo truco de hacerla desaparecer? Me miras fijamente a matar y yo me muero. Cuando me dejas sin palabras, se me escapan todas aquellas que nunca supe pronunciar como si me hubieras enseñado un lenguaje nuevo. Un mundo nuevo. Como si siempre hubiera conocido el tuyo.