Mi estilo de escribir es hablarle a alguien que ya no está. Quizás tengas razón en eso que yo me digo: no sé soltar para siempre. No sé cerrar. Supongo que cerrar es asumir la pérdida, la derrota, la irrelevancia de lo que fue. Y yo me apego con fuerza a la transcendencia. A la huella. Aunque la huella sea la herida. No me importa salir dañada, lo que nunca quise fue salir ilesa.
No sé cuánto hay de amor y cuánto de mi pensamiento obsesivo. Para mí el pasado y el presente suceden a la vez. El tiempo es una línea vertical. Por eso no sé olvidar. Por eso te entiendo -mi parte racional es consciente-. Por eso, no te entiendo -mi parte emocional se resiste-. ¿Cómo vas a borrar lo que tuvimos?
Y me entran dudas: ¿tuvo el peso que le atribuí? ¿O solo fue una densidad que yo me cargué sobre los hombros? Pero me acuerdo de todas esas veces, de todas las palabras. Y caigo en el mismo error una y otra vez. Tú querías huir y yo quedarme. Y me fui para que no salieras corriendo "por la vereda de la puerta de atrás", para dignificar el recuerdo. En algún lugar, todo lo que me dijiste aún resuena, todo lo que me diste tiene su eco. En algún lugar, todo lo que nos faltó tiene su hueco.