viernes, 29 de diciembre de 2017

Más yo.

Te has desdibujado, lentamente.
Te has ido borrando hasta convertirte en líneas cursivas. 
En trazos. En trozos. En agua.
Hasta evaporarte.
Todos tus recuerdos se han desenfocado, 
parecen de acuarela, 
tú que eras tan nítida, tan exacta, tan hiperrealista.
-Quizás ese fue el problema-.


Puedo decir que me he rehabilitado, 
que ya no escribo para que me leas,
para que no me olvides. 
Que ya no escribo.
Tengo una felicidad lúcida, que es mía, propia. 
Que no te pertenece. 
No lleva tu nombre.
Ya no quedan secuelas de tu paso por mis labios. 
Ya no tengo el corazón en carne viva.



He soltado tu carga
y he sumado el aprendizaje,
el de tu amor y el de mi tristeza, a mi bagaje.
De los días de nuestros polvos y de mis ruinas 
he aprendido que siempre renazco de mis cenizas. 
Cada vez me proyecto más, 
cada vez declamo más hacia afuera, 
y a la vez, 
me sumerjo más hacia adentro.


Amar ya no me parece tan inverosímil, 
ya no creo en el amor romántico,
en lo idílico, 
quizás fuese por eso: 
mis sueños platónicos implosionaron con nuestra realidad
y la magia se desvaneció.


Ahora creo en estados temporales, pasajeros,
en acompañantes,
en transeúntes caminando de la mano hasta la siguiente intersección.
Disfruto de esta soledad en mi compañía, 
a ratos, de la del resto. 
Y no se está mal, 
creo que siempre fue mi estado de naturaleza.


Lo extraño es que cuando dejé de sostener -mi orgullo- 
y empecé a soltarte, 
de pronto dejaste de aparecer, 
lo vi todo tan claro que olvidé recordarte a oscuras, 
como si nunca hubieras dormido en esta cama. 


Nunca has estado aquí,
nadie pregunta por ti.
Todos sabían que no eras tú,
menos yo.