Últimamente siento el impulso imparable de escribir, o de escribirte, que a fin de cuentas, es lo mismo.
Quizás ahora que la soledad romántica acecha más que nunca, que la necesidad se hizo a un lado, es cuando queda lo real: la única verdad sin contaminar. Pero yo ya estoy hecha a estos barros, a estos lares, estoy más que curtida a esta batalla que es, en realidad, una dulce redención.
Es hora de quitarse la armadura, el chaleco antibalas, de tirar la muralla y bajar las barreras, de mandar los soldados a casa. El invierno ha sido largo.
Pero he dejado que la tierra haga barbecho y ahora toca volver a sembrar, he aireado la herida para que suture y cicatrice y ya puede florecer.
He aprendido a convivir con los viejos clavos, que, al final, se tornan sólo astillas, y que, las heridas son sólo recuerdos de guerras a las que sobrevivimos: invencibles.
Es hora de besar con el corazón en la mano y las verdades en la boca.