sábado, 27 de enero de 2018

Ya no importa el silencio, la ausencia, el vacío.
He construido un muro insaltable,
nadie puede pagar el precio.
He pintado este corazón de remiendos,
he insonorizado las paredes,
ya no puede escuchar sus propios alaridos,
otros latidos que no sean los suyos.
He creado un campo de fuerza alrededor.
Ya sólo giro en mi órbita,
ya sólo vivo en mi continente.
No importa que se fuera, 
no importa que le empujara a irse, 
este patrón que se repite, imparable.
Me dan igual las espinas, los laureles,
los papeles que escribí.
Me muevo por estímulos,
estoy condicionada a descargas:
no voy a volver,
ni quiero.
No sé si amé mucho
y he llegado al punto de saturación
o no sé si no sé
y aún no lo he experimentado.
Tengo tantas cosas por vivir
que sólo tengo prisa.
Si equilibro la balanza,
la rompo,
esa soy yo:
un 
puto 
desastre.
Lo siento, 
creo que contigo tampoco lo haría mejor,
pero quiero hacértelo.
Luego, no sé,
no quiero dormir con nadie.
Me he anestesiado.

¿Qué hay después de la meta?
¿Tras la puerta? 
¿Qué queda cuando subes a la cima?
Nada. 
Nunca es suficiente, 
nunca suficientemente bueno.
Siempre, la duda.