A la próxima que la quiera:
Ya lo sé. Lo entiendo perfectamente, de hecho, a mí me pasó lo mismo.
Cuando la vi, cuando oí su voz. Cuando me dio dos besos.
Yo también pensé que no la había más preciosa. Que no había más.
Sé que es adorablemente irresistible, y cuando se ríe de verdad, no le tienes miedo a nada.
Te hace suya.
Sé que besa como si no hubiera besado nunca a nadie más y abraza como si fueses la última persona que le queda en este mundo.
Pero también sé de sus pesadillas, de cuando se levanta triste y no sabe porqué -esos días sólo necesita que la quieras un poquito más-.
Sé que tardaréis en salir porque dedica más de 5 minutos en lavarse los dientes, porque tiene que llevar media mudanza en la mochila o mirar el gas. Y que no entenderás las cuentas de su libreta, pero le ayudarás a llevarlas, porque a veces se olvida de las cosas superfluas, pero nunca de las cosas que te gustan.
Sé cómo te encanta imaginar su mundo a través de sus pinturas, verla fumar de lado, que te coja de la mano mientras paseáis y cambie la ciudad.
Lo sé porque yo lo he vivido antes, despertarla por las mañanas cuando está dormida porque es un encanto más aún cuando todavía no tiene filtros. Su compulsividad, sus manías magnéticas -jamás te rías de ellas, ni aunque sea de broma-.
Le encanta madrugar, pero contigo hará una excepción y no habrá un día que se levante de mal humor si le llenas de besos por la noche.
No te faltarán cosas bonitas que leer, pero recuerda:
le gusta aun más que le escriban.
Siempre querrá poner velas, porque pone pasión en todo, así que nunca olvides el romanticismo, haz que sea magia, reinventa los trucos.
Déjala ser. Déjala ser a veces un poco excéntrica, aunque tú no lo seas.
Te vas a arrepentir si no lo haces, si no bailas con ella.