Controlar cada movimiento cuando todos tus impulsos te empujan hacia delante. No lo sabes porque no te ha tocado vivirlo. Intuir que en cualquier momento, vas a dejarte llevar, y no en el buen sentido. Vas a soltar la rienda y va a salir desbocado el caballo sin domesticar que llevas dentro.
Para ti la vida no es eso. No es buscar el equilibrio, mantener la rueda girando. No es rebuscar aquí y allá cualquier estímulo que te haga sentir en paz. Y atesorar esos instantes porque sabes que son escasos. No es hacer malabares para intentar encajar las piezas. A ver si así, consigues que se llenen todos los huecos. Tú no eres un mosaico. Pero algunas personas sí, seguimos dándonos forma. Distrayéndonos del caos. Manteniéndonos andando. Colocando naipes, a sabiendas, que cualquier viento va a derribar ese castillo. Y que esas paredes que pones como parches son un falso control: no puedes evitarlo. No hay nada que puedas hacer.
Sin embargo, sigues esforzándote por poner cada día otro ladrillo. Porque tú eres tan leve como una torre de cartas y necesitas todo un muro de contención para mantenerte en pie.