Los domingos dejaron de ser tristes en cuanto hicimos los lunes nuestros. Nos adueñamos del cielo, pero sobre todo, del mar. Tan tuyo y tan mío. Tan de nosotras. Que éramos dos olas que aparecían rompiéndose en la orilla cuando nos echábamos de menos, pero también, cuando queríamos volver a encontrarnos a solas.
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