Nunca me permito verte. No me permito mirar por la rendija de la ventana del pasado -que es el único lugar donde ahora estás- porque se abre el cielo y pare un temporal, y me llena toda la casa de goteras y vacío. Como cuando faltaba un día para encontrarnos en la estación, como el puto segundo que separaba tus labios de los míos. Y si entonces no sabía cómo parar el tiempo, ahora no sé cómo parar el viento.
Creo que la última vez que (no) nos vimos te robé por un instante nimio el bajar la guardia, el hacer las paces, pese a que no quisieras -ni te convenciera- mi bandera blanca. Casi que me valió, el armarme de valor, aunque me temblara el alma y la voz, aunque me temblara el amor que nos tuvimos y las piernas. Como aquellas noches.
Creo que la última vez que (no) nos vimos te robé por un instante nimio el bajar la guardia, el hacer las paces, pese a que no quisieras -ni te convenciera- mi bandera blanca. Casi que me valió, el armarme de valor, aunque me temblara el alma y la voz, aunque me temblara el amor que nos tuvimos y las piernas. Como aquellas noches.
Pero la curiosidad ha matado más olvidos que llamadas de madrugada.
Eras mía, y no per se, pero sí por sí: porque yo sí lo era. Y desde entonces, nadie. Ninguna de las que ha besado tu herida me ha calentado los huesos, me ha sacado el corazón de la chistera, de la trinchera, y ha hecho magia.
Ojalá te quiera bien, pero ojalá nunca le pintes.
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