Te llamaría, cielo o te llamaría cielo.
Pero siempre tengo los pies en la tierra, aunque haya noches que me dé por volar. Por eso, siempre supe que lo nuestro acabaría, o que al final, yo, acabaría con lo nuestro.
No sé pensar dos veces: pienso demasiadas. No sé hacer las cosas bien: las deshago. Pero tú también me hiciste ruinas, ceniza de mis labios.
Estoy segura que es poética, pero no sé si es justicia que me dejaras cargar con toda la culpa, con un silencio sentenciador. Con un gatillo silenciado. Yo, en cambio, te dejé el amor como testigo: firme, de pie, recto, contra inviernos y mareas. Sin doblegarse. Todas las palabras que no te dije, eran verdad. Todos los besos que no te di en público, fueron versos en privado. Nadie supo que el brillo en la mirada llevaba tu nombre, pero todos saben que eres la chica de la herida.
Algún día, te dejaré marchar, porque ya no puedo seguir haciéndome esto, no puedo llenarme los pies de cemento y tirarme al agua fingiendo que sólo es un charco y no todo el océano.
Algún día, te dejaré marchar, porque ya no puedo seguir haciéndome esto, no puedo llenarme los pies de cemento y tirarme al agua fingiendo que sólo es un charco y no todo el océano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario