Lo siento, tengo que decíroslo.
La persona a quien besáis en la frente, en la que os apoyáis sobre su pecho cuando estáis en la cama, aquella a la que hacéis el desayuno y el amor, y viceversa, a quien miráis a los ojos como si en ellos se ocultase el origen del universo, quien os aprieta la mano fuerte antes de dormir para que no os vayáis nunca y besa vuestros párpados cuando los cerráis,
se va a evaporar. Va a desaparecer.
Es sólo un espejismo, oxitocina, la trampa de la naturaleza para perpetuarse. No existe, no la vas a reconocer cuando todo acabe.
Un día le vas a mirar a los ojos y te habrás equivocado de persona.
Tenía que avisaros.
Pero antes que esa, hubo otra y habrá otra después. Nada es sempiterno.
Aunque en el amor como en el arte, quizás lo que cambie nunca sea la obra, sino el espectador.
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